Fútbol o muerte


La razón

En Argentina, los hinchas más radicales se han hecho con el negocio y mandan en el estadio y en los clubes. En «la Doce», la grada de Boca, el jefe, Di Zeo, que ha vuelto de la cárcel, está enfrentado al otro líder, Mauro Martín.

Buenos Aires – Ángel Sastre

La Bombonera tiembla, los tambores resuenan, en el aire se siente el olor a chorizo a la parrilla. El humo de las bengalas oculta el sol mientras que los componentes del equipo salen al campo. Los jugadores «xeneizes» cumplen con un ritual sagrado: tocan el césped del estadio, se santiguan y después saludan a la popular  (grada norte).

La escena parece sacada del circo romano con los gladiadores saludando a su César. Es una señal de respeto pero también de pleitesía hacia la 12, la barrabrava del Club Atlético Boca Juniors.

Ahora las cosas van bien pero los jugadores, algunos de los cuales destinan una parte de su sueldo a financiar la barra, saben que si los resultados fallan la caja no será la misma. Es entonces cuando serán visitados en los vestuarios e incluso correrán el riesgo de ser agredidos por estos matones futboleros.

Agresiones que no pocas veces terminan en muertes, extorsiones y amenazas de las más variadas a futbolistas y a dirigentes, y autoridades políticas que hacen la vista gorda: las tres caras de un esquema nefasto y largamente conocido que muy pocos parecen convencidos de enfrentar.

Los barrabravas van sin freno, desbocados. La ONG Salvemos al Fútbol ha contabilizado, por primera vez, todas las víctimas mortales de la violencia que genera la hinchada del balompié en Argentina. Los datos indican que ya se ha cobrado 266 vidas, hasta la de un niño de 9 años.

En lo que va de 2012, los hinchas violentos se han cargado a ocho aficionados, es decir a 1,6 personas por mes –si se puede contar así–. El último ha sido Daniel Sosa, de 21 años, tiroteado hace unas semanas a las puertas del estadio de Lanús. Hubo otros cinco heridos de bala.

Días antes, la violencia en el fútbol sumaba un nuevo capítulo y esta vez el club afectado era Racing de Avellaneda, más precisamente Giovanni Moreno, uno de los jugadores que hace pocos meses era ídolo de la hinchada celeste.

El volante colombiano fue amenazado por un grupo de la barra brava del club y, según confirmó su representante, el jugador piensa no continuar en el club argentino. Este joven jugador, que podría recalar en la Liga española, en las filas del Espanyol, fue interceptado a la salida de los vestuarios y apuntado con una pistola sobre su pierna.

Si alguien le pregunta a Mónica Nizzardo cómo pasó de ser dirigente de un club de fútbol a líder de una original asociación civil que se dedica a luchar contra la violencia en el fútbol y especialmente contra los barrabravas, bien podría responder que fue «a martillazos».

Tensión extrema

Nizzardo formaba parte de la comisión directiva de Atlanta el día que un barra desbocado se metió en la oficina de administración, donde se encontraban los integrantes de ese cuerpo, y la emprendió a golpes de martillo con todo lo que encontró. Como los otros dirigentes presentes, Nizzardo vivió un momento de tensión extrema.

Poco después abandonó la gestión, se puso al frente de la ONG Salvemos al Fútbol y se convirtió en la primera dirigente en llevar ante la Justicia a un barrabrava de su propio club. Para Nizzardo, «la seguridad en el fútbol es una puesta en escena que no resuelve nada, porque se limita a custodiar los 90 minutos de partido, cuando muchos de los hechos de violencia que se producen son entre semana, en entrenamientos y reuniones de directivas. Esto nadie lo quiere parar, no hay voluntad política de detenerlo».

Lo que explica este fenómeno es el crecimiento del negocio en torno al fútbol. En ese marco, la lucha en el interior de las hinchadas es por el manejo del dinero y el poder, según indican los sociólogos Santiago Uliana, Diego Murzi y Sebastián Sustas en su trabajo «Barrabravas: entre lo tribal y lo mafioso».

Los autores del trabajo dicen que la creciente violencia interna en las barras es indisociable del proceso de mercantilización que vive el fútbol y del que participan jugadores, representantes, medios de comunicación, empresas, dirigentes de clubes, políticos y más recientemente el propio Estado.

En ese contexto «los barrabravas, más allá de que su participación no sea legitimada oficialmente, son actores de peso en la vida de los clubes. Ese lugar que ocupan hace que se consideren también como legítimos beneficiarios del reparto de dinero generado por la actividad del club. Y van extendiendo sus áreas de influencia y su repertorio de actividades», explican a LA RAZÓN.

Y añaden que «si en algún momento esas actividades tenían una relación estrecha con el espectáculo deportivo (cuidado de coches, reventa de entradas…), ahora las fuentes de financiamiento se han ampliado y encontramos auténticas «unidades de negocios» independientes, similares a las de cualquier empresa (tours de barras, clases para hinchadas extranjeras, seguridad privada en eventos, participación como fuerza de choque en actos políticos, entre otras)».

Un número alcanza para medir la magnitud del dinero que dejan estas actividades: según Salvemos al Fútbol, que investigó las actividades de la barra de Estudiantes, ésta manejaba al momento de la investigación 42.000 euros por partido como local.

La Popular: zona sin ley

Con la llegada del descanso, Boca ya se impone por dos goles a cero a Godoy Cruz, asegurándose la primera posición en el torneo Clausura. Es hora de intentar infiltrarnos en la popular, el sector de gradas donde se encuentra atrincherada «la Doce». En el camino preguntamos a un policía federal si es buena idea intentarlo. «Yo no lo haría», aconseja, «y desde luego no te puedo asegurar que intervengamos», agrega.

«Cada uno de nosotros apenas cobramos 200 pesos por venir aquí (22 euros), obligados por el comisario que es quien se lleva el gran pastel de la seguridad. En la lista pone que envía a 700 efectivos y no somos ni 500. Imposible pararlos, además muchos de ellos están dentro de la seguridad privada del club y la popular es su territorio, así que no conviene entrar», nos comenta confiado, pensándose que habla con un simple turista curioso.

Para entrar en «la Doce» atravesamos un portón de cristal. En el interior de esta pecera –conocida también como el Infierno–, cientos de hinchas gritan al unísono, muchos de ellos con el torso desnudo. Bombos, banderas, algunos beben cerveza pese a que está prohibido ingerir alcohol en los campos de fútbol.

También sentimos un fuerte olor a «macoña» –marihuana paraguaya–. No se ve «merca»     –cocaína–, ni armas a la vista. Allí custodiado por su guardia pretoriana de descamisados, observa el partido Mauro Martín, el líder de la barra. «Che, gato –indeseable–, que haces con la cámara aquí, quieres que te la afanen», nos espeta un chico de unos 20 años. Algunos seguidores giran la cabeza con cara de pocos amigos y con un gesto bien italiano, nos indican que nos larguemos.

La tensión se palpa en «la Doce»; todos andan en guardia desde que hace seis meses se acabó la paz en Boca: Di Zeo, ex líder de «la Doce», cumplió su pena carcelaria y ya está de regreso en el ruedo. Y con él los 900 barrabravas que, como aquel bravucón, nunca le dieron la espalda y obedecen ciegamente sus mandatos. Cada partido se coloca en la tribuna sur, amenazante, planeando el abordaje a la popular. Las autoridades temen una nueva matanza entre las distintas facciones.

El zar de «la Doce»: «Tengo los teléfonos del poder»

Hijo de un inmigrante italiano y de madre española, el personaje, de cuarenta y tantos años, conoce de cerca los vericuetos de la política. Aunque no está comprobado, se presume que trabajó un tiempo en la municipalidad de Buenos Aires, bajo la férula del alcalde y ex presidente de Boca, Mauricio Macri.

Su esposa, en cambio, trabaja para el otro bando político, como secretaria en la Administración de la provincia de Buenos Aires, que encabeza el gobernador oficialista Daniel Scioli.

Antes de ir a la cárcel, Di Zeo explicó brevemente a la Prensa cómo se fragua un barrabrava de élite. «Tengo los teléfonos del poder… Pero con eso no basta. La gente me ve como representativo para hacer cosas: hoy para parar un quilombo (controlar que no haya peleas), mañana para otra cosa. Y eso me lo gané en la cancha».

Rafa, como le llaman sus amigos, tomó el control de «La Doce» en 1997, después de que su jefe, José «El Abuelo» Barrita, ingresase en prisión tras el asesinato de un hincha rival. Su reinado se prolongó hasta el 2005, cuando fue condenado a 4 años y tres meses de cárcel por los disturbios que provocaron la muerte de un seguidor de Chacarita.

El más famoso de los barras argentinos fue acusado de «coacción agravada y posesión de armas». Las armas fueron halladas en el domicilio de un familiar. Ahora volvió con todo, a reclamar su trono como jefe de los hinchas más radicales de Boca. Habrá guerra.

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Archivado bajo Deportes, Gente, Increible, Policiales, Sociedad, Sucesos

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