¿Qué tiene que ver la copa de un árbol con una mantarraya?


Los biólogos han dicho durante mucho tiempo que todo en la naturaleza está conectado. Pero muchas veces descifrar esas conexiones vitales no es un trabajo fácil.

Mantarraya Foto: gentileza Univ. de StanfordLos científicos encontraron un vínculo entre la sustitución de árboles por palma no nativa y la salud de la población de mantarrayas. Foto: gentileza Univ. de Stanford

Investigadores de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, descubrieron una cadena ecológica prolongada y compleja, que se extiende desde las copas de los árboles hasta el océano.

El nuevo estudio deja en evidencia no sólo las conexiones intrincadas y sutiles en la naturaleza, sino cómo la acción humana puede causar perturbaciones aparentemente invisibles pero igualmente graves.

La investigación también apunta a la necesidad de crear alianzas no tradicionales, por ejemplo entre biólogos marinos y expertos forestales, si se quiere comprender en profundidad el impacto de la acción humana en un ecosistema.

El estudio se centró en un atolón del Océano Pacífico denomino Palmyra, que pertenece a Estados Unidos. Los árboles del atolón son un sitio favorito para algunas especies de aves, que se posan en sus ramas. Con tantos pájaros en las copas de los árboles, sus abundantes excrementos acaban fertilizando el suelo y cuando sube la marea esos nutrientes son arrastrados al mar, causando una abundancia de pláncton, alimento que atrae a su vez a las mantarrayas.

Pero estas conexiones pueden ser perturbadas fácilmente. Los investigadores encontraron que la sustitución de palmeras nativas por otras especies resultó en una caída del 80% en el número de aves que llegan a posarse. Menos aves significa menos excrementos, menos nutrientes, menos pláncton y por ende menos mantarrayas.

Palmas no nativas

Atolón Palmyra en el Pacífico Foto: Kydd PollockEl atolón Pamyra es un sitio ideal para estudiar conexiones en el ecosistema, debido a que es remoto y relativamente poco afectado por la acción humana. Foto: Kydd Pollock/Univ. de Stanford

El descubrimiento de la larga cadena ecológica fue una sorpresa para los científicos.

Douglas McCauley y Paul DeSalles, dos estudiantes de Stanford, se encontraban en el atolón siguiendo con transmisores acústicos los movimientos de mantarrayas. Los investigadores percibieron que los animales siempre regresaban a ciertos sectores de la costa.

Al mismo tiempo otra estudiante, Hillary Young, investigaba el impacto del cultivo de palmeras no nativas en las comunidades de aves y su hábitat.

En frecuentes conversaciones entre sí y con otros científicos, McCauley, DeSalles y Young comenzaron a intercambiar datos sobre sus observaciones. “Poco a poco comenzó a emerger un panorama claro de lo que estaba sucediendo”, dijo McCauley.

“Lo que estamos haciendo en algunos ecosistemas equivale a abrir el bonete de un auto para desconectar algunos cables y cambiar la dirección de unos cuantos tubos. Todas las piezas están todavía allí y el motor parece el mismo, pero nadie sabe cuánto tiempo ese auto seguirá funcionando”

Douglas McCauley, Universidad de Stanford

A través de diferentes análisis del habitat, del contenido nutritivo en los excrementos de aves y del seguimiento de las mantarrayas, los investigadores mostraron el impacto de los árboles no nativos. Las aves no eligen esas palmeras para posarse por sus copas simples, que se doblan fácilmente con el viento.

“Es una cascada increíble. Me preocupa la extinción de estos procesos ecológicos y el estudio ilustra en forma dramática la relevancia de estas extinciones”, dijo Rodolfo Dirzo, profesor del Instituto Stanford Woods para el Medio Ambiente.

Muchas veces esas cascadas no son vistas fácilmente. “Esas conexiones a veces no dejan huellas y su pérdida pasa desapercibida, limitando nuestra capacidad de protección de ecosistemas naturales”, señaló Fiorenza Micheli, profesora de biología del mismo instituto.

El estudio muestra cuán fácilmente la actividad humana puede perturbar una cadena ecológica.

Para McCauley, “lo que estamos haciendo en algunos ecosistemas equivale a abrir el bonete de un auto para desconectar algunos cables y cambiar la dirección de unos cuantos tubos. Todas las piezas están todavía allí y el motor parece el mismo, pero nadie sabe cuánto tiempo ese auto seguirá funcionando”.

El estudio fue publicado en el sitio Scientific Reports, de la revista Nature.

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Archivado bajo Ciencia, Curiosidades, Interesante, Medio Ambiente, Naturaleza

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